Rafael García Maldonado – Escritor : Palabras para Luisa. Una despedida

Palabras para Luisa. Una despedida

Rafael García Maldonado | 18/05/2022

Qué rápido ha sido todo, Luisa. Hace poco más de veinticuatro horas que te has ido de mi lado y me he puesto a escribir de urgencia porque no dejo de llorar como un niño, sí, un llanto inconsolable que me paraliza, que me impide incluso atender a la gente en la farmacia. Ayer, compungido tras enterrarte, salí del despacho porque una paciente muy enferma quería verme y creyó, al ver mis ojos, que me condolía de su drama hasta ese punto, y no pude negarlo.

Has estado conmigo diez años, una década que, no me cabe duda, ha sido la más feliz y feraz de mi vida. Hace diez años entregué a la editorial el manuscrito de lo que sería mi primera novela, un tocho descomunal que siempre digo que llevaba escribiendo toda la vida, el pasaporte a esta vocación desaforada que hoy me sirve de lenitivo. Diez años de matrimonio, de cambios de casa, de trabajo intenso en la botica y en los libros, de niños que fueron naciendo y creciendo, etcétera. Siempre estuviste a mi lado, siempre. Uno de los momentos que recuerdo con más emoción en este mediodía aciago en el que mancho los folios de lágrimas fue cuando nació Ruy, y yo llegué a casa aturdido y emocionado desde el hospital para ducharme y dormir algo, y tú, como si me olieses distinto, te subiste encima mía y no paraste de lamerme hasta que los dos nos quedamos fritos en el sillón de lectura que tenía en aquella biblioteca. Cuando dos días después llegó el bebé a casa, no te separaste de su lado y gruñías si se acercaba Tao, ese labrador grandote, torpe y bonachón que seguro que ya también te echa de menos. Sabías que aquel niño mofletudo era un trozo mío y como tal lo defendías. Con Pelayo hiciste lo propio, pero ya te habías acostumbrado a que la familia iba aumentando.

Yo te traje a casa en el año 2012, fui por ti a una huerta de Coín donde un señor agradecido por el trato sanitario que yo le daba a su padre me entregó un teckel de pelo corto marrón y con el rabo atigrado. Una hembrita, la única que sobrevivió de la camada, de dos meses. Eras preciosa, orejona, gordita, y era a finales de julio cuando entré en esa casa antigua donde pasaron tantas cosas bonitas contigo en una caja de pañales de incontinencia. Yo te cogía alargada en mi antebrazo y le decía a la gente que cómo podrías, dentro de poco, meterte en las madrigueras a cazar o perseguir a un jabalí herido. Viniste a hacerle compañía al perro y qué va, la compañía me la diste a mí primero, luego a Mariló y luego a Ruy y a Pelayo, que hasta el último día te han estado pidiendo que les echases las patas y le dieses el “beso de la oreja”, ese lamentoncillo que, no sé por qué, siempre nos dabas ahí a todos. Algunas veces me dio por pensar si tu carácter melancólico –como el mío– tuvo que ver con que eras una perra de caza, y no faldera ni de ciudad, y que a lo mejor pensabas en conejos, en zorros, en la camaradería de otros teckels de campo. Nunca lo sabré.

Diez años es mucho tiempo de una vida, Luisa, quizá demasiado. El tiempo se nos adelgaza por todas partes y ahora me doy cuenta de cómo, gracias a perros como tú, el tiempo se dilata y se ensancha, se hace más puro. Tú me has regalado ese década de fidelidad y yo no sé si he sido el mejor dueño del mundo, porque la vida me fue llevando por un camino diferente a ese primer paraíso en el que, estrenando el matrimonio con la mujer de mi vida en una casa maravillosa, íbamos juntos a todas partes, jugábamos a la pelota en el patio, te llevaba al campo y estabas siempre encima de mis piernas, el sitio donde más te gustaba estar del mundo mientras yo leía o veía la televisión. ¿Cuántas veces hemos salido a pasear, perrilla mía? ¿Cinco, seis mil veces?

 

Cuando eras muy pequeña, te tragaste un juguete y hubo que operarte, abrirte la barriga. Tenías poco más de un año y superaste aquel corte de intestino gracias a la fuerza de la juventud, supongo. Pero volviste a tragarte algo, una cosa extraña y enorme, hace muy poco y la operación ya fue a vida o muerte. Creíamos que te habías recuperado pero no fue así, ni siquiera con los cuidados intensivos que te dio Mariló cuando saliste de ese quirófano. La noche que yo sabía que ibas a morir te fuiste a tu cama del lavadero, hinchada como un globo, y en silencio agonizaste hasta que por la mañana te encontré en el patio ya con la mirada perdida, pegada la cara al suelo. Estabas viva, y sé que me escuchaste, te dije que pronto ibas a dejar de sufrir, que el veterinario estaba de camino para dormirte del todo. Luisa, ojalá supieses lo en serio que me tomo mi trabajo sanitario y el sufrimiento de los seres vivos, y voy a llevar como una losa, toda la vida conmigo, el no haber podido aliviarte unas horas tu agonía. No quería que murieses, está claro, pero tampoco que te abriesen de nuevo en urgencias veterinarias, que alargaran lo inevitable. Como dice una canción que me gusta mucho: yo, que no soy bueno, me he puesto a llorar, y si antes lloraba por mí, por mis miedos, mi egoísmo y mis tristezas, ahora lloro lo indecible por verte morir. ¿Sabes, Luisa? Yo te quería tanto, era tan cursi y tan tonto contigo que Mariló me decía que te quería a ti más que a ella.

El veterinario me dio tus restos en una bolsa y fui a enterrarte al campo, a Bomarzo. Allí, con una azada y una pala, cavé tu tumba con mucha dificultad: el suelo estaba duro y yo no estoy acostumbrado ni a ese trabajo ni a enterrar a seres queridos. Cuando hice el hoyo suficiente y abrí un poco la bolsa fúnebre estabas con la misma postura enroscada en la que siempre dormías: parecías tan lozana que cuando me iba de la finca paré el coche, me sequé las lágrimas y temí, por unos momentos, que te había enterrado viva y que tenía que sacarte de ahí y llevarte a casa, con Tao, con Mariló y con los niños, que íbamos a dar un paseo de entre risas como siempre, tirando a Pelayo de la correa. Esta tarde o mañana les diré a los niños la verdad, y para que entiendan todo, les diré que tú, como Mufasa, el padre del rey León, ahora nos acompañas dentro de nosotros, que vives en nuestro interior. Les diré que vivirás cuando nos acordemos de ti, de lo graciosa que eras, de tu cuerpo larguirucho, de lo que te gustaba comer, de lo que nos querías a todos, a tu manada.

Yo no creo en el cielo, Luisa, pero sí en Ítaca, y he contado muchas veces que Argos, el perro de Ulises, fue el primero que lo reconoció cuando regresó a su isla desde Troya, un perro muy viejo y fiel que supo esperar veinte años a su compañero. No sé cuándo llegaré a donde tú estás, querida mía, espero que sea tarde, pero no dudes que llegaré a tu lado. Ya sueño con ese reencuentro, con cómo moverás el hocico al olerme a lo lejos, y el rabo atigrado como una serpiente cascabel, y pondrás las orejas hacia delante, los ojos saltones y cómo tu cuerpo largo y cálido vendrá hacia mí para lamerme las orejas dando saltos de alegría.

 

Gracias por todo, perrilla mía, mi Luisi, mi teckel, mi Luisiana, mi leal compañera. Que la tierra de Bomarzo te sea leve, y hasta pronto.

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