Rafael García Maldonado – Escritor : Chantilly

Chantilly

Rafael García Maldonado | 13/03/2019
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Vivimos tiempos demasiado interesantes, en una época paradójica y desconcertante: a veces nos relacionamos más y mejor con quien no vemos en persona que con aquellos que viven cerca; somos capaces de sentir afecto y simpatía por quien no tiene rostro, y también de no saludar al vecino con el que nos cruzamos en el rellano.

Me sigue gustando la gente, soy de los que tocan y hablan muy cerca de las personas, algo compatible con mi timidez, pero también tengo muy buenos amigos a los que no he visto jamás, y lo que es peor, amigos que no sé qué cara tienen.

En las redes sociales –un descubrimiento espléndido para cuyo uso correcto y racional hace falta todavía un Voltaire- hay gente que en vez de una foto de su rostro tiene un paisaje, una mascota o una frase, incluso hay algunos que no tienen nada, sólo ese gris con un muñeco humanoide poco nítido y en espera de una imagen. Algo compatible con la buena conversación, la sensibilidad, la palabra justa y el comentario inteligente, que es precisamente lo que esperamos que suceda en el mundo virtual cuando se nos ocurre algo y lo escribimos, cuando subimos alguna fotografía, cuando rebatimos alguna afirmación, etcétera. Era el caso de Marie-Chantal Camus de la Paix, “Chantilly”.

Soy farmacéutico de profesión y un hombre de ciencias, pero también soy escritor. Juan Benet, que también era de ciencias, decía que muchas veces aquellas actividades que no implican el sustento son más compulsivas que las otras. En mi caso la literatura está por encima de todo, y es algo que entiende poca gente. No soy un escritor fácil, y cada vez lo soy menos, mi prosa se complica a la vez que mi pasión crece, y cuando hay un lector que lo aprecia, el mundo tiene sentido. Marie-Chantal empezó a interactuar conmigo hace tiempo, me sonrojaban sus elogios literarios y sus piropos sobre mi apostura. Nos recomendábamos libros y exposiciones, y llegó a mandar a su amiga Aldara a la última de las presentaciones de mi ensayo sobre Benet y la alta literatura. Le firmé el libro, incrédulo, cada vez más intrigado por esa mujer sin rostro, que alguna vez tuvo una foto de perfil donde se veía rubia y con gafas oscuras. Ella me dio las gracias desde Francia, donde vivía, y yo le dije que no, que se lo agradecía yo. Lo último que me dijo es que había recibido la novela de mi amigo Justo Navarro, Petit Paris.

No sabía que estaba enferma hasta que ayer su familia nos dijo en Twitter que había fallecido tras una cruel enfermedad. Unos padres que nos daban las gracias por haber hecho más ameno el calvario de Marie-Chantal. Supe entonces su edad, 44 años, y me estremecí. Mi profesión alimenticia me mantiene unido a la enfermedad y a la muerte, pero sigo sin entenderla, el temor no se va nunca. No entendemos la muerte ni con la razón ni con el instinto, y quizá por eso algunos hagamos literatura, para que al menos la obra nos sobreviva. Lo he dicho alguna vez, los únicos libros que merecen la pena son lo que hablan de la angustia del hombre en el tiempo, no hay otro tema más elevado ni más importante.

A Marie-Chantal, “Chantilly”, ya sólo puede sobrevivirla nuestro recuerdo y la literatura, la que ella tanto amaba. Nunca la vi, no la toqué, no supe cómo eran sus ojos ni cómo era su más que segura elegancia parisina. Ahora ella es literatura. Su rica vida y su injusta muerte nos dejan aún más perplejos en un mundo incomprensible cuyo único sentido -si es que tiene alguno- es que las personas como ella no sólo no mueran, sino que crezcan y se multipliquen y hagan un lugar mejor de éste, donde ahora nacen mis hijos.

Marie-Chantal será ahora, para mí, todas las mujeres educadas, elegantes y cultas con las que me cruce. Descanse en paz.

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