Noche, de Sawa
Llevo ya dos domingos seguidos muy pesimista con el hecho en sí de la lectura, cuyos datos siempre leo atónito, porque no me los creo casi nunca. Mira uno alrededor y es que, salvo su padre y dos o tres amigos escritores, no conoce apenas lectores, a buenos lectores, que no son los de un libro al trimestre: eso para mí no es un lector. Lo cierto es que, aun siendo, como decía Juan Ramón, una inmensa minoría, es posible que exista de verdad, que esté en alguna parte ese fino lector desconocido a quien decía Cela que se dirigía. Valle-Inclán decía que jamás pensaba en si había o no lectores, y que él era un pajarillo que cantaba desde el árbol sin mirar al suelo. Es, sin duda, la actitud correcta. Hago este introito para hablar de la feliz proliferación, aunque seguramente efímera y ruinosa, de editoriales pequeñas, llamadas independientes, que brotan como setas tan estas copiosas lluvias que no acaban de irse.
No me acuerdo quién decía que para ser editor en España había que ser catalán y rico, y con ser verdad, veo más lo de rico que lo de catalán, en cualquier caso, porque ese dinero que inviertas jamás producirá beneficio, como mucho, y hablo por experiendia, la recompensa de haber dado al público una joya y si acaso recuperar la inversión.
Quizá por lo mucho que detesto la tontería actual de los ucleses y los libros hueros hechos para vender, me he refugiado en el malditismo bohemio, y ahí llevo varios meses: de Valle a Ramón y de éste, por carambola, a Alejandro Sawa, que tenía muy olvidado y que encontré recién reeditado en una de estas nuevas editoriales: amarilla editora. Hacen libros bonitos, y juegan con el amarillo y la metáfora de lo que el tiempo ha amarilleado y que por tanto es un clásico y merece una oportunidad. Allí encontré noche, de Sawa, que el gran bohemio publicó en 1888. Me ha parecido una novela espléndida. ¿Saben los oyentes quién fue Sawa? Quizá no pero sí sepan que Max Extrella, el escritor ciego de Luces de Bohemia, de Valle, es claramente un calco.
Sawa nació en Sevilla en 1862, y además de escritor, o sobre todo, fue periodista. Ha pasado a la historia por ser el ejemplo absoluto del bohemio que rehaza toda convención burguesa en favor de la literatura, y no pudieron con él ni la pobreza, ni el fracaso ni la enfermedad. Vivió en París, donde tuvo contacto con el simbolismo y luego en Madrid, donde murió ciego, corroído por la sífilis. Antes de eso, que acaeció cuando tenía 46 años, como Pessoa, escribió obras como Noche, esta que traigo, y donde se ve claramente el paso del naturalismo imperante en la época al modernismo de sus amigos Valle-Inclán y Rubén Darío, entre otros. Es una novela decimonónica realista en la que se ve muy bien ya la preocupación por la prosa y el estilo, sumamente cuidado, sin llegar a la orfebrería de cisnes y nenúfares, y que matiza muy bien lo descarnado del naturalismo de la tragedia que nos cuenta. Esta tragedia no es otra que la descomposición de una familia de clase media, muy católica, en los años de la Restauración, y cómo en ello tienen mucha culpa el fanatismo religioso y las convenciones burguesas. Un Madrid hambriento, brillante y absurdo, que diría Valle, es el escenario de esta novela, adonde llegan el funcionario Francisco y señora desde Ávila cargados de hijos, y donde pronto aparecerán prostitutas, sacerdotes, amantes, maridos cornudos, cafés, burdeles y penurias, pues la España de mantilla, misa y procesión degrada a todos los hijos, uno a uno, del fanático matrimonio. Noche es un cuadro brutal y «feo» de aquella España, una novela que se lee sin descanso, en donde el ritmo no decae y en donde el autor rompe con la imagen que se tenía entonces de la mujer y plantea los peligros de una moral inventada al servicio de unos pocos. Una forma excelente para sumergirse en la bohemia antes de pasar a mayores, y también de conocer el vasto y efímero universo de las meritorias editoriales independientes. Si hay entre nuestros oyentes buenos lectores desconocidos, les doy las gracias y les deseo un feliz domingo.

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