Acerca de Jane Austen
Bueno, hoy, como otras veces, utilizo la añagaza de la recomendación de un libro para poder recomendar la lectura de un autor en general, y es que Renacimiento acaba de editar Afectuosamente tuya, Jane Austen, una colección de cartas selectas de la excepcional escritora británica. Vamos a celebrar las cartas, ese sugestivo género, por desgracia extinto, que tanto nos dice de un autor, de una época y de un corazón humano, pero sobre todo vamos a celebrar el 250 aniversario del nacimiento de Jane Austen. Como dijo aquella graciosísima señora del campo de Granada ante el descubrimiento de un baptisterio romano del siglo primero, ¿a quién no le va a gustar que hablemos de esta adorable, enfermiza, inteligentísima, perspicaz y dizque poco agraciada novelista?
Hay escritores con los que uno tiene una relación que va más allá del los libros, y esto sucede por diversas causas: convivir, como es mi caso, con alguien tan afecto a los libros, paisajes, películas y época de la autora de estas cartas y de un puñado de las mejores novelas del siglo XIX es ya de por sí una forma de amistad, y si hay quien dice que hay que leer con preferencia a los amigos, yo habría de incluir en esa lista de enchufados a esta joven solterona de la gentry británica, esa clase social de la baja aristocracia rural, sin títulos nobiliarios pero con muchos privilegios de nacimiento asociados a la tierra.
De Jane Austen se sabe todo y no se sabe nada. No tenemos evidentemente fotografías, sólo un retrato hecho por su hermana Cassandra alrededor de 1810, una suerte de boceto a lápiz y acuarela. Es un rostro puramente británico de pequeña nariz algo aguileña, tez blanquecina, cejas finas, pelo marrón y ojos saltones sobre órbitas oscuras. Hay quien ha dicho que se parecería mucho a la actriz que la representa en una serie muy reciente basada en estas cartas que hoy queremos recomendar, interpretada por la actriz Patsy Ferran. Nació en el invierno de 1775 en un pequeño pueblo rural del condado de Hampshire, en Inglaterra, y creció en una rectoría, pues era hija de un clérigo anglicano. Un entorno tranquilo de mundo rural acomodado que lógicamente influyó mucho en sus novelas, que transcurren, como saben hasta quienes no la han leído, en pequeños pueblos y sociedades muy cerradas, y cuya temática principal suele ser la moral, el matrimonio, el amor y la posición social. Destacó principalmente por su ironía, muy sutil e inteligente, y por su crítica acerada a las normas de la época y las limitaciones de las mujeres. Por ambas cosas, en especial por las malas traducciones desde el comienzo, se la tuvo por una escritora menor, una suerte de Corín Tellado vestida al estilo de la Regencia inglesa, con vestidos imperio, escote y bonete. De traducir sus obras debidamente se ha encargado, por ejemplo, un traductor de la talla de Francisco Torres Oliver, lo que ha contribuido a considerar sus obras, que no son muchas pero siguen frescas como lechugas de Bath: Orgullo y prejuicio, Sentido y Sensibilidad, Emma, Mansfield Park, La abadía de Northanger y Persuasión. En España, además, han contribuido a su engrandecimiento como autora escritores como Espido Freire y Gonzalo Torné, experto en esta época inglesa y su literatura, también editor.

Hablando de traducciones y entrando en la harina del domingo, porque tengo que hablar de las cartas, me ha sorprendido que la traductora sea Amparo Llanos, la guitarrista y cantante del grupo Dover, esto que está sonando y que sonaba en mis primeras salidas nocturnas en solitario a finales de los años 90, ahora dedicada a la traducción y a la filosofía. Con las cartas, una gran mayoría escritas a su hermana Cassandra, a quien más quería de todo el clan Austen, vemos la vida cotidiana de la época de la Regencia, precursora de la Victoriana, las reuniones sociales, bailes, la familia, las cuitas con el mundo editorial (tan complicado para una mujer), viajes (no demasiados), moda y salud (mucho tiempo maltrecha), pero también contaba con su característica ironía y humor british asuntos matrimoniales y la vida social. Podría decirse que las cartas son como pequeños bocetos de lo que luego serían sus memorables argumentos, siempre desde el punto de vista de una mujer inteligente, sarcástica y, a mi juicio el mejor atributo de un gran escritor, observadora.
No se conservan demasiadas, pero quizá las suficientes para que la conozcamos lo justo: el resto de ella está en sus novelas, por las que ha ganado justa inmortalidad. Murió joven, con 42 años, de algo compatible con la enfermedad de Addison o con un linfoma, pero curiosamente está más viva que casi todos los escritores que se empeñan en seguir “contando historias”, cuando la literatura con mayúsculas nada tiene que ver con eso, sino, más bien, con los paisajes interiores. Ella misma lo dice en una carta a su hermana en 1801: “Prepárate para una carta de lo más amena. Al no estar sobrecargada de asuntos (no tengo absolutamente nada que contar) voy a dar rienda suelta a mi genialidad de principio a fin”.
Afectuosamente tuyo, Rafael.
