Rafael García Maldonado – Escritor : Calle Misericordia

Calle Misericordia

Rafael García Maldonado | 17/09/2018
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Por la calle que baja hacia el mar, esa calle fea y siniestra llena de borrachines y bares cutres y que está llena de orines de perro (también del mío) y de la que tanto hablo en estos diarios, también pasan cosas bellas y desconcertantes.

La primera vez que los vi, hace unos días, pensé que me había equivocado, que no tenía mucho sentido lo supuesto. Esta mañana los volví a ver, paseando por otra zona, pero el primer día que di con ellos él esperaba bajo el edificio impaciente, mirando el móvil, moviendo las piernas atolondradamente, sentado en un escalón grande de la casa de enfrente. Al poco ella salió con prisas y le dio un beso en la boca, sin dejarle tiempo para levantarse siquiera, a punto de chocar contra mí. Bajaron juntos conmigo hacia el mar, yo me adentré en la playa y me di un baño –eran las 20,30 de la tarde– y ellos se fueron hacia el este, perdiéndose entre los veraneantes septembrinos. Esta mañana de nubes amenazantes ella lo miraba con algo de sonrojo, emocionada, con una sonrisa de oreja a oreja, sujeta a su paraguas rosa. Él se hacía el interesante, con el aplomo y el gesto del que sabe que tiene una novia enamorada que lo quiere. No puedo adivinarles la edad, ambos la tienen difusa, indeterminada. Se podría decir que no la tienen. Ella tiene síndrome de Down, y él es disminuido psíquico, tuerto de un ojo, torpe al andar, con molestos tics y sacudidas de cabeza que profiere mientras habla muy agudamente, casi con gritos.

Pensé muchas cosas cuando tuve la certidumbre de su relación: cómo se habrían conocido, cómo se dijeron –aun tácitamente– que se gustaban, de qué forma lo entendieron sus familias, cómo se aman en la intimidad, qué futuro les espera.

No me gusta esa calle, pero es una calle que al menos me sirve de metáfora. Igual que en la vida, en esa calle donde las tinieblas todo lo invaden, brota a veces la luz; a través de esa calle espantosa, llego al mar.

No quiero que se olvide esta certeza: hasta en el más pestilente de los muladares de estiércol puede nacer una flor.

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