Rafael García Maldonado – Escritor : Gran Granada

Gran Granada

Rafael García Maldonado | 20/02/2019
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Salía de guardia y decidí, con el pretexto de una charla sobre avances en el tratamiento de la hipertensión en la que estuve diez minutos, irme a pasar el día a Granada. Allí estudié la carrera, pero no había vuelto apenas desde hace quince años, cuando terminé Farmacia en ese ya lejano 2004. Se cumplían veinte años de mi inicio como estudiante universitario, y desde hacía unos meses algo me estaba diciendo que debía volver cuanto antes a esa ciudad, y hacerlo solo, meditabundo, en una visita que habría de ser –eso lo supe luego– un viaje catártico.

En Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver, cantaba Sabina; y yo volví a Granada porque no lo fui, o no tanto como fueron otros amigos, sobre todo no fui feliz los dos últimos años por causas que algún día contaré, supongo, y de los que ya he dejado alguna muestra en estos cuadernos, años de una inmensa soledad donde no hice mucho más que leer y estudiar compulsivamente. No importa.

Volví a Granada en una mañana agradable de un invierno que era menos invierno de los de aquellos años de línea de sombra, con una primera parada para desayunar en un bar de carretera de Riofrío, donde lo solía hacer desde que tuve coche (allá por segundo). Estaba cansado de la guardia, y la confusión y el letargo me hacían todavía más intensa la sensación de volver a un pasado extraño. Todo parecía igual ya allí, a media hora de la ciudad, tan cerca y tan lejos de donde ahora vivo. Aparqué cerca del colegio mayor Cardenal Cisneros, en Neptuno, donde estuve dos años como interno y tres como adscrito, solo yendo a almorzar y leer la prensa. Entré a saludar a los trabajadores y para mi sorpresa todos estaban igual que hace quince años, la última vez que los vi. El chico de la cafetería, que me dio un abrazo, me reconoció por ser “el de El País”, porque era yo el único que leía ese periódico cada día al llegar de la facultad, con un botellín de cerveza Alhambra. Las cosas han cambiado en el colegio (el Mayor, se le decía), aunque no demasiado, la sorpresa más mayúscula fue la de ver a una atractiva jovencita en la sala de estudio: me dijeron al marcharme que desde este año el colegio es tímidamente mixto, con una planta –la mía, la cuarta– para las alumnas. El progreso, decía ya ciego Alfredo en Cinema Paradiso, siempre llega tarde. Aunque no sé si hubiese hecho una buena carrera con las circunstancias actuales de los chicos: móviles con internet y muchachas en flor delante de uno no es lo más propicio para estudiar Farmacología o Galénica.

A las once y media ya estaba camino de la calle Recogidas, atónito por las dos bocas de metro que hay ahora en su cruce con el Camino de Ronda. Fue un paseo de cinco horas, procurando recorrer todos esos lugares por donde pasé en esos años, los primeros (de los que conservo recuerdos muy felices) y los oscuros. De repente me vi subiendo a buen ritmo hasta el palacio de Carlos V, uno de mis lugares predilectos, y no me quedó plaza ni calle ni monumento por el que pasar de cuando entonces. También hubo tiempo para las librerías, de nuevo y de viejo, y para las cervezas y sus respectivas tapas. Regresé con libros y piononos.

La cuidad es la misma, supongo, aunque esta vez la vi más bella, más agradable, llena de luz y de gente educada y seria, de mujeres muy guapas, también de sonrientes parejas gais que en mis años, por desgracia, eran una rareza. El que no es el mismo soy yo, que ahora reparo en iglesias y edificios en los que ni siquiera me fijé en su día. No se me ocurrió entonces ver los Jerónimos, ni entrar en las Angustias, ni mirar los edificios señoriales de techos altos de Gran Vía, esos que tanto me gustan. Ese muchacho melancólico ya murió. Por fortuna murió él y no su hermano pequeño, y ahora paseo por Granada, por la Gran Granada, en la mejor época de mi vida: con dos hijos, una profesión sólida y mis libros en las librerías, donde entonces compraba las ediciones de bolsillo de Paul Auster, Italo Calvino y Vargas Llosa.

Con el paseo de ayer me vengué de esos años malos, necesitaba esa catarsis, ese electroshock.

Cuando llegué a casa mi hijo de tres años y medio me preguntó que dónde había estado, y no sé por qué le contesté de esa forma:

-No lo sé, Ruy; no lo sé.

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